Seguramente conozcamos sobradamente el dicho «La Flor de Zidane», en referencia a la suerte del entrenador en momentos clave, o bien a su capacidad para sobrevivir y siempre reaccionar justo a tiempo desde que ha dirigido al Real Madrid. Quizás lo hayamos escuchado o leído demasiado para alguien que guió a los del Bernabéu a ser campeones de Europa en tres temporadas consecutivas. Con suerte o no, a un entrenador se le mide por sus éxitos, por lo que al francés se le ha podido achacar muy poco hasta ahora. Eso sí, también sabemos que en el fútbol la memoria es muy corta, y en apenas unos días se puede pasar de héroe a villano, y viceversa.

Gracias a esos tiempos de éxito, el regreso de Zizou el pasado mes de Marzo se vio como el retorno del profeta, que volvía de su año sabático para devolver al Madrid a la gloria tras una temporada para olvidar. El francés terminó la liga como pudo, pero con la esperanza de comenzar un nuevo proyecto en el que tuviera mayor poder en la adquisición de jugadores, muy necesarios para, si no reconstruir, al menos cambiarle algo la cara al equipo.

El verano comenzó bien para ZZ, con la llegada de Hazard, al fin un galáctico de esos que «han nacido para jugar en el Real Madrid», como diría Florentino Pérez. Pero tras la llegada del Belga, poco más en lo que a jugadores de importancia se refiere, y Zidane se tuvo que conformar, con todos mis respetos, con Jovic, Mendy y Militao. Nada de Pogba, nada de Neymar, Mbappé apenas sonó para «este» verano, y ni siquiera Eriksen, que se dejó querer, y mucho.

El discurso de la directiva siempre ha sido que hay que confiar en el grupo que dio tanto al Real Madrid, pero se la han estado dando de frente desde el inicio de la pretemporada, y al final el que normalmente se lleva la gran culpa siempre es el míster. Jugadores bajos de forma, plaga de lesiones, malos resultados, paliza «amistosa» histórica del Atlético del Madrid… Muy malas sensaciones para empezar el que debía ser el retorno a lo alto del equipo que dominó Europa en el último lustro.

Y la temporada oficial, salvo la victoria inicial en Vigo, comenzó con muchas dudas, que se acrecentaron de sobremanera tras la debacle en Champions ante un PSG sin Neymar, Mbappé ni Cavani. El equipo recordaba demasiado al del año pasado, con unos jugadores cada vez más cabizbajos y que parecían haber desconectado totalmente con su entrenador. Tras Paris, incluso ya comenzó a sonar el nombre de Jose Mourinho para volver a la casa blanca. La flor de Zidane se veía abocada a marchitarse.

Pero llegó Sevilla, y cuando todos esperaban otro hundimiento del barco merengue, y se preparaban las portadas de los diaros con la fotografía de Mou, Zizou recuperó una más que aceptable y sólida versión de su equipo para vencer en un estadio maldito los últimos años, que se acompañó de un cómodo triunfo ante Osasuna, en el descubrimiento de Rodrygo, y de un serio empate sin goles en la casa del mismo Atlético que les había vapuleado en verano.

La flor de Zidane va camino de convertirse en un cactus de los que nunca se secan. A pesar de que Hazard, su fichaje estrella, no termina de agarrar el tono físico. A pesar de que protegidos como Modric, Marcelo, Varane o Lucas Vázquez (y algunos más), están muy lejos de su mejor versión. A pesar de que Benzema está muy solo arriba. A pesar de que, durante este comienzo de temporada, Bale y James, dos de los descartes, han sido de los que han sacado en parte las castañas del fuego a su manager. A pesar de todo esto, nos encontramos al Madrid líder en solitario de la Liga por delante de Atlético y Barcelona, y con todas sus opciones intactas en Champions, a pesar de otro susto ayer ante el Brujas, y que terminó con otro empate in extremis gracias a una digna reacción en la 2ª parte.

Si sus jugadores consiguen la victoria este sábado ante el Granada, Zidane y su cactus se marcharían al parón de selecciones con la tranquilidad de los resultados, porque así es el fútbol, y el de Zidane necesita muy poca agua para dar frutos.

 


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Emilio Caballero
Periodista Deportivo. Toronto, Canadá.

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